Cannes, la otra parte que no te cuentan en la tele o el periódico

REYES

Por: Omar Reyes.

Ha comenzado el glamuroso festival de cine de Cannes, no creo que sea el mejor, porque para mí Toronto (TIFF) tiene mucho mejores argumentos.

No deseo hablar en esta ocasión de las propuestas, de la selección oficial en competencia, de las secciones paralelas, que si Gael García es jurado, sólo diré que hace catorce años él llegaba por primera vez como un actor desconocido, a la vez promesa, con Amores Perros.

Quiero platicar de ese Cannes, de ese festival que poco se conoce y que, si se sabe, es a través de historias y cuentos urbanos, relatos recogidos o contados por colegas. En este caso hablaré de mi propia experiencia.

Si lo haces vía aérea, la bienvenida no puede ser mejor la bahía bañada por el Mediterráneo, hace que tu pupila empiece a salivar, si es que este concepto se pudiese aplicar.

Niza, un pueblo vecino de Cannes, que se encuentra justo en medio de dos balnearios de lujo, de dos entidades donde parece que la crisis económica es producto de una mala noche de sueño: Cannes y Mónaco.

Tan sólo en el avión ya te das cuenta de que tu compañero de asiento puede ser algún actor invitado, uno que presenta película, como en mi caso, fue en aquel tiempo David Carradine, que tan reticente se mostraba en el aeropuerto de Frankfurt, Alemania, a ser revisado.

Una vez en el Boulevard de la Croisette empieza tu recorrido a pie para encontrar primero donde desayunar muy bien, a buen precio. Los primeros días vale la pena ser aguerrido y pagar más por el petit dejeuner (ese cuernito con mantequilla, mermelada, café y jugo).

Después salir inmediatamente a recoger la acreditación y ver qué color de gafete te tocará,  de acuerdo al criterio de los organizadores (aquí puede empezar tu viacrucis o un camino más simple, dependiendo el color te dan derecho a entrar a las galas o a las proyecciones oficiales). En pocas palabras: olvídate de tu existencia si no llevas la dichosa acreditación. Tus ánimos de periodista cinematográfico se pueden ver reducidos a los de un simple turista.

A menos que traigas una agenda pactada con una distribuidora solamente podrías entrar a algún cine cercano donde se proyectará la película animada o posible blockbuster que se promociona y horas más tarde estarás haciendo el típico junket.

No cabe duda que caminar un lunes a medio día por este lugar tiene su encanto. Varias carpas se levantan al pie de la playa rocosa, ahí se efectúan cocteles, bienvenidas para continuar con el tinglado de entrevistas, también para cerrar acuerdo comerciales, venta y distribución de filmes. En otros casos, festivales de otros lares se auto promocionan con el visto bueno de Cannes, el llamado acuerdo hermano.

Mientras empiezas a tachar los compromisos de ese día, comienzas a armar la agenda del otro día. Si algo pasa de forma rápida en Cannes es el tiempo.

El desfilar de gente, de periodistas es otro cantar. Parece una manifestación de hormigas, cruces de miradas, roces con los patrocinios, volteas la mirada hacia las fachadas de los hoteles, atestadas de publicidad de la película, sensación que intenta opacar a la otra, también esperada.

Los restaurantes hacen más que el agosto en pleno mayo, siempre lucen llenos, y más aquéllos que ofrecen una conexión decente de wifi. En sus mesas, compañeros redactando la nota, dando forma crónica, bajando la entrevista, escribiendo la crítica. Y como el cinismo y poco profesionalismo se hace presente en cualquier idioma y lugar, muchos, pero muchos, se fusilan lo que salió en el periódico ese día para mandarlo como si fuera un texto original suyo. ¡Vaya descaro!

Qué hablar del  Hotel Martínez, el lugar por excelencia donde los actores de más caché se hospedan, donde se realizan algunos desayunos con productores para charlar de la novedades que el estudio tendrá a lo largo del año. La terraza de este lugar es donde se realizan los famosos photocalls, los primeros encuentros con los medios de comunicación.

Así como este, hay otros hoteles que ponen vallas alrededor de la entrada para que los fanáticos que, como buenos sabuesos logran encontrar a su artista favorito, pueden pasar largas horas bajo el sol o lluvia con tal de verlos pasar, porque ni de chiste se bajan para dar el autógrafo, ya ni hablemos de la selfie.

Así transcurre el día, hasta que con el ocaso y con los deberes hechos, Cannes te da el respiro de una cerveza, de un trago, de acudir a la fiesta de la película, de compartir con los colegas en un tono más desenfadado.

Los pies todavía tienen energía, caminas por sus calles, encuentras bares agradables, mujeres en diminutos vestidos, emulando perfectamente a experimentados equilibristas con tacones más altos que un ladrillo, que en cualquier momento de descuido podrían luxar uno que otro tobillo.

Al fondo se escucha el rugir de un súper auto, mientras que de reojo volteas al aparador de una tienda de alta costura y  lees perfectamente que se esmoquin te cuesta unos dos mil 500 euros, si es que se te olvidó, pues ya sabes. Con el tema de las mujeres, la moda no se queda atrás, vestidos carísimos que te valdrían el enganche de un auto.

Así durante más de nueve día este es el trajín que Cannes y su festival de cine tienen en el menú. Histeria, aglomeraciones, buenas cintas, otras no tanto, actores y actrices accesibles, divas, lujo en su máxima expresión, cuernitos con mantequilla, taxistas engordando el bolsillo, dueños de departamentos incrementando la cuenta bancaria al rentar por dos semanas su loft, hostales llenos y los locales, esos deseando que ya se acabe el desmán…

Nos leemos en @_omarreyes_   

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